Por: Carla Huidobro
No naciste con el enojo en el alma, aunque a veces lo sientas como si siempre hubiera estado ahí. Llegaste al mundo limpia, con las manos abiertas, lista para abrazar todo lo que la vida tenía para darte. Pero el enojo no era tuyo, te lo encontraste. Era el aire que respirabas, las palabras que llenaban las habitaciones, el eco constante que nunca te dejó tranquila. No lo buscaste, pero lo absorbiste, porque no había otra opción.
Crecer en un lugar donde el enojo es la regla y no la excepción deja marcas que no siempre se ven, pero que se sienten en cada rincón de tu ser. Esas paredes llenas de palabras que cortan, esos silencios que pesan más que cualquier grito, fueron moldeando la forma en que entendías el mundo. No porque quisieras, sino porque no sabías que podía ser diferente.
Tal vez alguien te dijo alguna vez que el enojo era tu problema, como si fuera una elección, como si hubieras decidido cargarlo. Pero no es tuyo. Es algo heredado, un legado que no pediste pero que se te entregó sin ceremonias. Un peso que otros no supieron soltar y que terminó cayendo en tus manos.
El enojo no es tu culpa, y mucho menos tu identidad. Es un síntoma, un eco de algo más profundo, de las cosas que no se dijeron, de las heridas que nunca se atendieron, de las generaciones que vivieron sin saber cómo sanar. Es un idioma que te enseñaron a hablar, pero no es el único idioma que conoces.
El simple hecho de que te preguntes si hay algo más, si puedes vivir de otra manera, ya dice mucho. Esa duda, esa chispa que te lleva a querer entender, es la prueba de que todavía hay partes de ti que recuerdan un mundo más amplio, más ligero, más amable. Esa parte tuya que no fue alcanzada por el enojo sigue ahí, intacta, esperando a que le des espacio.
No tienes que quedarte con lo que te dieron. Puedes soltarlo, puedes aprender otro idioma, uno que hable de compasión, de calma, de amor. No será fácil, porque cargar algo tanto tiempo lo hace familiar, incluso cómodo. Pero lo que importa es que puedes elegir. Y cuando lo hagas, te darás cuenta de que ese enojo nunca fue realmente tuyo. Era solo un pasajero al que ya no necesitas darle cabida.

