Por: Brenda Ramos
Según las tradiciones populares, las cabañuelas nos permiten predecir el clima del año observando los primeros días de enero. Si el día es lluvioso, será un mes húmedo; si es seco, será árido. Aunque carezcan de rigor científico, estas creencias nos invitan a reflexionar sobre cómo los comienzos tienen un peso simbólico en lo que vendrá después. Y en la política, ¿no ocurre lo mismo?
La conducta de nuestros políticos es como esas cabañuelas: lo que vemos en sus acciones de hoy nos da pistas sobre el futuro que enfrentarán. Un político que esquiva las responsabilidades, que prioriza sus intereses o que busca protagonismo sobre resultados, presagia tiempos difíciles. En cambio, aquellos que se comprometen con hechos tangibles, sin alardes ni pretextos, son como un clima benévolo que garantiza cosechas prometedoras.
Las señales están ahí, pero muchas veces elegimos ignorarlas. Nos dejamos llevar por discursos espectaculares o campañas llenas de promesas vacías, mientras los actos reales cuentan otra historia. ¿Cómo esperar un año próspero cuando los signos de tormenta son evidentes? ¿Cómo soñar con un mejor futuro si seguimos tolerando sequías de resultados y tempestades de corrupción?
Sin embargo, las cabañuelas no determinan el clima; solo lo anuncian. Lo mismo ocurre en la política: el futuro no está escrito. Depende de nosotros interpretar las señales, actuar con conciencia y exigir con firmeza. Cambiar el pronóstico no es tarea exclusiva de quienes gobiernan, sino de todos los que vivimos las consecuencias de sus decisiones.
Si queremos un año diferente, debemos empezar por ser ciudadanos distintos: críticos, informados y participativos. Que el 2025 sea el año en el que dejemos de esperar milagros y comencemos a construir un futuro digno, donde los políticos respondan con hechos a las expectativas que sus propios actos generan.
Feliz Año Nuevo. Que los augurios sean buenos y que nuestras acciones los hagan realidad.

