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El duelo: la vida que pudo ser y los futuros que ya no serán

Grecas y Letras

Jonathan
febrero 7, 2025
in Opinión
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Por: Carmen Saucedo

 

El duelo no siempre es solo la ausencia física de un ser querido, es también la perdida de todos los futuros posibles que soñamos compartir. Esas pequeñas y grandes esperanzas de lo que aún podríamos haber vivido juntos, los momentos que se quedaron en pausa. Tal vez hay una parte de nosotros que, por un tiempo, sigue esperando a que esa persona regrese, que el destino, de alguna forma, revierta lo que ya no está.

En ese proceso de duelo, hay gestos que nos ayudan a sostener lo que hemos perdido. Puede ser el libro que quedó marcado en la página donde la dejamos la última vez, con esas palabras que ya no se podrán compartir, ese capítulo que, en su momento, parecía una pequeña parte de la vida cotidiana, pero que ahora lleva consigo un peso profundo. O las cosas que permanecen intactas, sus pertenencias que aún guardamos en los mismos lugares, como si de alguna manera pudieran regresar a ser lo que fueron. A veces, guardamos esos objetos con la esperanza de que el tiempo sea un ciclo que se repite y que, al abrir un cajón o mirar una prenda, podamos traer de vuelta lo que se fue. Pero con cada día que pasa, las cosas, por más que las conservemos, nos recuerdan que la vida sigue adelante, aunque nosotros no sepamos cómo continuar sin esa presencia.

El duelo, entonces, no es solo la ausencia de la persona, sino la despedida de la vida que podría haber sido. La vida que soñamos compartir en los próximos años, los viajes que planeamos, las tardes de café, las conversaciones profundas. Todo eso muere junto con la persona que se ha ido, y con cada pedazo de futuro que dejamos atrás, sentimos cómo nos despojan de algo inmenso.

Sin embargo, en medio de ese dolor, a veces llega una reflexión más profunda. En su libro Pase lo que pase, no es el fin del mundo, Joan Borysenko nos habla de la aceptación del sufrimiento como parte de la vida, pero también como una oportunidad para la transformación. La autora, desde una perspectiva profundamente humana y empática, nos recuerda que el duelo, aunque es un proceso doloroso, no es el fin. Aunque el dolor pueda sentirse tan grande como si todo estuviera acabado, ella nos invita a pensar que el sufrimiento también es una puerta hacia una nueva forma de ser, hacia una nueva comprensión de la vida.

La vida no termina cuando perdemos a un ser querido, aunque eso no significa que el dolor se disipe de inmediato. Borysenko nos habla de la importancia de reconocer la validez de ese sufrimiento, de no reprimirlo ni intentar apresurarlo, sino de dejarlo ser y aprender de él. El dolor que sentimos es, en muchos sentidos, una manifestación del amor profundo que seguimos llevando en el corazón. Y, como ella sugiere, aunque parezca que todo se detiene, la vida sigue. A veces, esa continuidad de la vida está llena de nuevas lecciones, nuevas formas de entender el amor, la pérdida y la capacidad de seguir adelante.

Es cierto que el futuro que habíamos imaginado con esa persona se ha desvanecido, pero eso no significa que nuestra vida haya dejado de tener valor. Como seres humanos, tenemos la capacidad de reinventarnos, de encontrar nuevas formas de vivir, incluso cuando la pena se apodera de nosotros. Es difícil, es doloroso, pero esa es la paradoja de la vida: la muerte llega, sí, pero no nos arrebata completamente, porque lo que hemos vivido sigue siendo parte de nosotros, lo que amamos sigue estando en nosotros.

 

Tal vez, al igual que esos libros marcados, esos objetos guardados y esas memorias que permanecen vivas, lo que hemos compartido con la persona que ya no está no se desvanece. Sigue aquí, en las huellas que dejó, en los recuerdos que no se borran y en la fuerza que nos da seguir adelante.

El duelo no es el fin del mundo. Es, más bien, un nuevo comienzo, uno que no pedimos pero que nos llama a transformarnos, a reconocer la importancia de lo que fue, a mirar con ojos nuevos lo que está por venir. Pase lo que pase, como nos recuerda Borysenko, no es el fin del mundo. Es solo una nueva etapa, aunque todavía no sepamos cómo se verá, cómo nos sentiremos, o cómo aprendemos a vivir sin esa persona. Pero, en algún punto, esa vida que pensamos que ya no podría ser, comienza a tomar una nueva forma. La historia no ha terminado, solo ha dado un giro que no imaginábamos, y en ese giro, aprendemos a sostener lo que tuvimos, mientras seguimos buscando el sentido de lo que aún podemos ser.

 

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