Por: Carla Huidobro
Nadie entiende por qué seguimos aquí… excepto nosotros
Nos preguntan con ternura fingida:
¿Y por qué no te sales?
Como si fuera tan fácil
dejar una vida que no se mide en ingresos,
sino en preguntas sin respuesta.
Nos miran con lástima
cuando decimos que damos clases por amor,
como si el amor fuera un síntoma,
una enfermedad sin cura.
Como si no supieran
que hay gente que se queda en relaciones horribles
por mucho menos.
¿Por qué no buscas otra cosa?
Otra cosa.
Esa cosa que pagan mejor,
donde no te exploten,
donde no tengas que revisar 38 ensayos
mientras lloras de sueño
y te convences de que todo esto tiene sentido.
Y no lo entienden.
Porque no saben
cómo se siente cuando un estudiante
te dice que leyó por primera vez algo que lo cambió.
No saben lo que es encontrar en la teoría
una forma de nombrar tu historia.
No saben lo que es quedarse después de clase
porque la conversación no ha terminado
aunque el reloj sí.
No saben lo que es escribir a las tres de la mañana
no por obligación,
sino porque la idea no te deja dormir.
Lo nuestro no es una vocación.
Es una posesión.
Una forma rara de estar vivos
en medio de lo que se desmorona.
Nos preguntan por qué seguimos aquí.
Y es cierto que a veces
tampoco lo sabemos.
Que lloramos frente al sistema,
que maldecimos al SNI,
que nos juramos renunciar
en cuanto entreguemos esta ponencia,
este artículo,
esta clase.
Pero luego alguien nos dice
gracias por esto,
y nos volvemos a quedar.
Porque
nadie entiende por qué seguimos aquí…
excepto nosotros.

