Por: Carla Huidobro
¿Cuánto valgo en tu tabla de Excel de colaboraciones?
No me llamaste por mi nombre.
Me llamaste por mi línea de investigación.
Y eso ya lo decía todo.
Había una columna con mi grado,
otra con la revista a la que podías aspirar
si yo firmaba contigo.
Una celda decía “alta citación probable”.
Otra: “escribe bien, rápida”.
Y en el margen de color gris
pusiste: disponible emocionalmente.
¿Te das cuenta?
No te importó si dormía,
si tenía el corazón roto
o si sostenía a alguien que lloraba por las noches.
Te importó que yo podía ayudarte
a conseguir tu punto extra para el SNI.
Te importó mi índice H,
no el hecho de que también me canso,
de que mis textos no son productos,
son heridas escritas a máquina.
Yo no soy un número.
No soy una coautoría estratégica,
ni un PDF útil.
Pero así me nombras.
Así me evalúas.
Así me ponderas.
Nunca me preguntaste cómo estoy.
Pero sí me preguntaste
si podía corregir en APA
una hora antes del deadline.
Nunca te interesó lo que pienso,
pero me pediste “una cita de esas tuyas,
bien potentes, para empezar el artículo”.
No quiero estar en tu Excel.
No quiero formar parte
de tus alianzas a plazo fijo.
Quiero que alguien me cite sin buscar puntos,
que me lea con hambre,
que me invite a un proyecto
como quien invita a una casa,
y no a una sala de juntas.
Mi trabajo no es un favor,
es mi vida.
Y si alguna vez te abrí la puerta,
no fue para que me metieras en tu fórmula,
sino para que entendieras
que escribir, para mí,
es un acto de ternura radical.
Pero tú querías impacto.
Y yo, compañía.

