Por: Carla Huidobro
Publica o muere, pero no en mi mesa
La consigna es clara:
publica o muere.
Y yo, obediente,
aprendí a escribir con las manos rotas,
a revisar con hambre,
a editar con fiebre.
Pero no me invites a tu mesa.
No hay lugar para mí
aunque haya puesto los manteles,
aunque haya cocinado las ideas,
aunque la receta sea mía
y tú solo la hayas firmado.
Publica o muere, dices,
mientras recortas mi apellido del artículo
porque no “pertenezco al cuerpo académico”.
Porque aún no tengo doctorado,
o porque mi filiación no te suma puntos
en la evaluación cuatrienal.
Me quieres en tu bibliografía,
pero no en tu equipo.
En tu pie de página,
pero no en la foto.
Como fuente, no como par.
Y claro, tú sí cabes.
Tú, con tus métricas limpias,
con tus colaboraciones útiles,
con tus reuniones en Zoom
donde todos tienen cámara
menos yo.
Yo, que escribo desde la cocina,
desde la sala invadida de apuntes,
desde un país sin presupuesto
y una beca que nunca llega a tiempo.
Tú sí cabes,
porque sabes cuándo callar,
cuándo decir “sí, colega”,
aunque te tragues el desprecio.
Porque sabes que en este juego
se gana siendo útil,
no diciendo la verdad.
Publica o muere, me repites.
Y yo me muero.
Pero no de hambre,
ni de insomnio.
Me muero un poco
cada vez que me usas,
cada vez que me borras,
cada vez que sonríes mientras me descartas.
No quiero tu mesa.
No quiero tu pan.
No quiero tu silla con respaldo de arrogancia.
Yo voy a seguir publicando,
pero no para sobrevivir:
para incendiar.
Para escribir tu nombre
en la lista de los que olvidaron
que el conocimiento también
es cuerpo,
y que las mesas vacías
algún día se vuelven trincheras.

