Por: Clara García Sáenz
He tenido que ensayar el comienzo de esta columna de muchas formas; por lo general, suelo pergeñar el texto en la mente y luego me siento a escribirlo, pero en esta ocasión, como muy raras veces me sucede, he tenido un bloqueo mental porque no sé cómo contarlo, no sé cómo escribirlo, no sé cómo pensarlo.
Arturo ha muerto y no sé acomodar esa emoción, esa tristeza y ese vacío. Nunca había tenido que escribir tantas columnas de despedida como en las últimas semanas. Tengo por costumbre despedir a mis amigos, a mis afectos, a mi familia a través de estas letras porque he descubierto que es una primera forma de sanar mi duelo, pero de pronto me doy cuenta de que el dolor, el vacío y el desconcierto por los que se van se me acomodan en los huesos y no sé cómo sacarlos. Ahora toca decirle adiós a mi querido amigo Arturo “Laredo”, como solíamos llamarlo de cariño.
Nos conocimos cuando llegamos a la universidad, todos extraviados por nuestros fracasos escolares. Éramos un grupo de alumnos que ingresaba a la licenciatura en Relaciones Públicas en la Universidad Autónoma de Tamaulipas en el mes de enero de 1989; ahí entraban todos aquellos que, por alguna circunstancia, buscaban un lugar después de las fechas regulares que eran las de agosto. Eso hacía que fuéramos muy heterogéneas en edades e historias de vida.
Ese frío enero, como no recuerdo ningún otro en Ciudad Victoria nuestros destinos académicos se encontraron, él venía de Nuevo Laredo, había intentado estudiar en Tampico, pero la distancia a su casa le resultaba extrema, yo venía de San

