Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
La historia es de corral. De bañar perros a ordeñar la UAT.
Dámaso Leonardo Anaya Alvarado no llegó a la rectoría por una carrera académica. Llegó del oficio veterinario, del gobierno y de una patrulla.
El 5 de junio de 2022, siendo secretario municipal de Desarrollo Rural en Victoria, la Policía Estatal lo detuvo con efectivo, sobres manila, listados del INE y propaganda de Morena. Reforma y La Jornada documentaron el episodio.
Lo pusieron a disposición de la Fiscalía Electoral. No hay sentencia. Hay escena. Y la política no olvida lo que el boletín borra.
Cuatro meses después ya era secretario estatal. El 30 de noviembre de 2023 dejó el gabinete. El 1 de diciembre era rector.
Veinticuatro horas.
El porrista —primero del PRI y de Morena— cambió el sombrero por la toga.
¿Esa era la respuesta académica que necesitaba la Universidad?
Prometió “cero observaciones” y “Educar para transformar”.
La transformación terminó alcanzando también a los estudiantes: de las aulas a las brigadas, de las brigadas a la fotografía y de la fotografía al informe.
La autonomía universitaria, hoy, parece edecán de Palacio.
No la derogaron.
La pusieron a posar.
“Estrecha comunión”, dicen.
Comunión es palabra de altar.
Autonomía era la sagrada.
En mayo de 2026 se creó, mediante decreto, el Fideicomiso para el Fortalecimiento de la UAT.
En junio se tomó protesta al Comité Técnico en Palacio de Gobierno, no en Rectoría ni ante la Asamblea Universitaria.
La Secretaría de Finanzas explicó que ese órgano participaría en la administración e inversión de los recursos correspondientes al fideicomiso.
Eso no es una visita de cortesía.
Es dinero.
Y cuando se trata del dinero que debe sostener a las siguientes generaciones, la autonomía no puede convertirse en una palabra decorativa.
La UAT denunció operaciones financieras vinculadas con Value por alrededor de 568 millones de pesos.
Que investigue.
Que denuncie.
Pero Anaya también encabezaba la Universidad durante parte del periodo en que esas operaciones quedaron bajo cuestionamiento.
Un rector no solamente demanda al broker.
También explica quién autorizó, quién supervisó y quién debía vigilar el dinero.
Su gestión también acumula ceses y cambios administrativos que merecen explicación.
Remover no es pecado.
La opacidad sí genera preguntas.
Circulan, además, acusaciones de corrupción y testimonios sobre supuestos moches.
Un tuit no es factura.
Un “se dice” no es nómina.
Una publicación anónima no es sentencia.
Pero el boletín de pulcritud tampoco absuelve.
La ASF ya habló.
Cuenta Pública 2024. Auditoría 1877. Fiscalización de 3 mil 432.9 millones de pesos sobre un universo de 3 mil 996.6 millones.
También aparecieron expedientes de proveedores por montos superiores a 300 mil pesos sin determinadas opiniones de cumplimiento del SAT y del IMSS.
Y la ASF emitió una Promoción del Ejercicio de la Facultad de Comprobación Fiscal (PEFCF), mediante la cual da vista a la autoridad tributaria para que ejerza sus facultades de revisión, y una Promoción de Responsabilidad Administrativa Sancionatoria (PRAS), para que la autoridad competente investigue posibles responsabilidades administrativas de servidores públicos.
No son 500 millones.
No hace falta inventarlos.
Es el raspón que rompe el absoluto.
Porque para desmentir “cero” basta una observación.
Anaya exhibe el predio de Reynosa y las presuntas irregularidades del pasado.
Que investigue.
Que entregue expedientes.
Que responda quien tenga que responder.
Pero el presunto ladrón de ayer no canoniza al administrador de hoy.
Los hechos caben debajo de una misma lona: 2022; veinticuatro horas del gabinete a Rectoría; ASF; Value; fideicomiso cuyo Comité Técnico rindió protesta en Palacio; ceses; brigadas y módulos de la UAT junto a dependencias gubernamentales.
Bata para la foto.
Porra para el informe.
Autonomía para el discurso.
No hace falta fabricar delincuentes.
La contradicción basta.
El animal se baña para la feria.
El alumno obligado posa.
Y la autonomía espera afuera de Palacio.
Dámaso, como veterinario, debe saberlo mejor que muchos rectores: una vaca ordeñada de más termina por dejar de dar leche.
Con una universidad ocurre algo peor.
Cuando se ordeña demasiado su prestigio, lo primero que se seca es la credibilidad.
¿Universidad o edecanes pagados con calificaciones?
Las administraciones pasan.
Los rectores también.
Las fotografías se quedan.
Y cuando llegue el juicio político, jurídico e histórico, habrá una imagen difícil de borrar.

